San Carlos de Bariloche - Patagonia Argentina

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Leyendas Patagónicas
Alrededor del fuego, en el misterio de la noche, laacuentista indígena sentía el placer de narrar situaciones que ponían muchas veces en conflicto la inteligencia del blanco, frente a los problemas que le planteaba la experiencia del indio, que, por vivir tan fuertemente apegado a la naturaleza, llegó a ser su intérprete más fiel y fecundo. Hoy, las leyendas y tradiciones patagónicas y la memoria oral, que persistirá hasta que se apague la voz del último narrador aborígen, son marcas postreras de una raza que fue cruelmente despreciada e injustamente vilipendiada por el conquistador blanco.
Eugenia Bompadre

Quizás para explicar y justificar tanta perfección en la naturaleza, y también para atemorizar a todo aquél que osara contradecir el orden divino, las tribus ancestrales que ocuparon estas tierras crearon un extenso imaginario sobre el origen de los ríos, las flores, las montañas y todo cuanto los rodeaba y favorecía su supervivencia.  

 


Leyenda del Amancay

Leyenda de Copahue

Leyenda de la Mutisia - Quiñilhue

Leyenda tehuelche - Cómo nacieron las flores

Leyenda del origen de los lagos

Leyenda del cerrro Tronador

Leyenda del volcán Domuyo

Leyenda del lago Lácar

Leyenda de los ríos Neuquén, Limay y Negro

Leyenda del Pehuén o Araucaria

Leyenda del volcán Lanín

Leyenda del lago Lolog


 

Leyenda del Amancay

A las orillas de un correntoso río cordillerano, cuyo nacimiento estaba en un tranquilo lago encerrado entre montañas nevadas, vivía una tribu de indígenas mapuches.
Quintral, hijo del cacique, era un apuesto joven al que le gustaba recorrer la orilla del río cazando y pescando; y así llegaba hasta el brillante espejo del lago. Fue en uno de esos paseos que conoció a Amancay, una hermosa y sencilla muchacha, quien se enamoró de aquél joven apuesto y valiente. Pero eses sentimiento de mutua atracción se transformó en amor irrealizable, puesto que una muchacha de origen humiulde no podía pretender al hijo del cacique. De esta manera fue pasando el tiempo, hasta que un día llegó hasta ellos una epidemia que comenzó a diezmar la tribu, cayendo enfermo el joven indígena.
Ante la imposibilidad de lograr su mejoría, y enterada Amancay, consultó a una Machi (curandera), quien le confió el secreto para obtener el remedio. El mismo consistía en una infusión preparada con una flor que crecía en las cumbres heladas.

A sabiendas del peligro que corría, pero impulsada por el amor hacia el joven, Amanzay se lanzó a la temeraria empresa, logrando su fin.
Ya en el descenso, feliz por haber logrado su cometido, al pie de una hermosa cascada, vio cernirse sobre ella la amenazante figura del cóndor, quien le exigió que abadonara la preciada flor.
Ante la negativa de Amancay, propuso a ésta que le dejase en cambio su corazón, lo cuál aceptó la joven sin titubear.
El rey de las alturas se alejó con el pequeño corazón entre sus garras, emprendiendo vuelo hacia su morada, tiñendo de gotas rojas su camino, con la sangre que manaba del corazón.
Y en aquello lugares regados y vivificados con la sangre de aquella indiecita, fue floreciendo una preciosa flor de varios pétalos, bella como su origen, teñida con gotas rojas de la sangre que había sido derramada en ofrenda a aquel sentimiento, queriendo pregonar de esta manera, un mensaje de amor por todos los valles y montañas de la cordillera.

   

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Leyenda de Copahue

Copahue, que significa azufre, era el nombre de un temido cacique que dominaba las tribus del sur y algunas del centro de Chile; sanguinario y tirano no reparaba en medios con el fin de sojuzgar el mayor número de ellas. Sus adversarios se aliaron con el objeto de terminar con su predominio, lo que consiguieron librando una violenta batalla en Llay-llay (palabra onomatopéyica que imita el murmullo suave del agua corriente o del viento).
Muerto el cruel cacique, su cuerpo fue enterrado en la parte más alta de la zona, que es la que actualmente lleva su nombre.
A su muerte, su hijo mayor tomó el gobierno y con el objeto de reconstruir el poderío perdido, trató de agrupar nuevamente a las dispersas tribus; inició así el cruce de la cordillera, encontrando en la cumbre de una montaña a una hechicera ocupada en el cocimiento de hierbas, a la que se aproximó con el pretexto de indagar el camino que debía recorrer. La belleza de la joven hechizó al cacique dominando su voluntad. Copahue preguntó entonces a la moza:
- ¿Este pecho fuerte y valeroso, por qué se siente débil en tu presencia? ¿Acaso tu amor lo aprisiona?
Ella lo miró fijamente:
- Vete -le dijo-, pero lleva este amuleto que te dará mayor valor del que posees y cuando hayas ganado la primera batalla contra los que ataquen tu toldería, vuelve a mí.
Copahue descendió la cumbre y estableció su campamento al pie del cerro. La profecía pronto se cumplió; fue atacado por gran número de enemigos, a los que derrotó; ebrio de orgullo, pensó en escalar nuevamente los Andes en procura de la joven hechicera, lo que hizo desoyendo los consejos que, en sentido contrario le daban los ancianos de la tribu, y meses después, ella con su elegido y un indio que llevaba una bolsa llena de hierbas que usaba para sus hechicerías, llegaron al valle. ¡Qué triste fin les aguardaba allí!
En efecto, al alejarse Copahue, muchos caciques no quisieron reconocerlo como jefe y menos aún a la hechicera a quien llamaban Pirepillán (nieve del diablo), iniciándose frecuentes luchas entre éstos y los leales al jefe, los que finalmente vencieron, festejando la victoria con nutridos brebajes preparados por ella con yuyos andinos.

Pero Copahue, que al igual que su padre era cruel y feroz, fue finalmente atacado, dispersada su toldería y herido de muerte; al anochecer de aquel triste día, su amada acompañada por un indio fiel llegó ocultándose hasta donde estaba el cacique; cargaron el cadáver de éste y al amanecer se reunieron con un grupo de indios leales. Éstos, que creyeron encontrar vivo a Copahue, al convencerse de lo ocurrido, culparon a los amuletos y hechizos de la joven, por la muerte del cacique, condenándola a morir lanceada, colgada de un árbol.
La infeliz en su agonía llamaba a Copahue, mientras los indígenas cavaban una profunda fosa; pero al término de su tarea, fueron de improviso bañados por chorros de agua hirviendo que manaba fuertemente de entre los peñascos donde cavaban. Al angustioso grito de:
-¡Quetalcó! -agua de fuego hirviente, huyeron atemorizados creyendo en un castigo de Copahue. Alarmadas las tolderías vecinas, los indígenas no se atrevieron desde entonces, consecuentes con sus gritos, a cruzar por esos valles que llamaron Copahue, sin llevar consigo una piedra verde, a la que atribuyen la virtud de ahuyentar los malos espíritus; a esta piedra que hallaban en la montaña y que tenían por milagrosa, la denominaban "llanalhue" (algo de la otra vida).

Tomado de la Miscelánea Sureña de Ambrosio Delfino

   

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Leyenda de la mutisia - Quiñilhue

Hace ya mucho tiempo los fértiles valles de la cordillera estaban ocupados por tribus mapuches.
Painemilla (oro azul), era un cacique altanero y violento que pretendía imponer su dominio sobre todas las tribus vecinas. Los que no se le sometían eran sus enemigos irreconciliables y con ellos mantenía frecuentes guerras. Tal era el caso de Huenumán (cóndor del cielo), quien no se doblegaba a las pretensiones de su vecino y seguía luchando por su independencia y autonomía. Un antiguo rencor separaba a ambos jefes de sus súbditos.
Pero la flor del amor brota también en lugares inhóspitos como los pehuenes entre las rocas. Así sucedió que Millaray (flor de oro), la joven hija de Painemilla, se enamoró locamente de Ñancumil (aguilucho de oro), hijo precisamente de su enemigo, el cacique Huenumán.
Se vieron muchas veces a escondidas por temor al odio entre sus padres.
En cierta ocasión, toda la tribu de Painemilla estaba reunida celebrando un Nguillatún en una gran explanada.
Durante la noche todos dormían menos la machi que velaba junto al rehue (altar), cuidando la sangre del animal sacrificado.
De pronto, un graznido potente rompió el silencio nocturno: era el Pun Triuque (chimango de la noche) quien con su grito de alerta presagia desgracias.
La machi se estremeció y escuchó atentamente cualquier ruido que pudiera delatar el suceso anunciado por el pájaro agoreo.
Miró atentamente a su alrededor escudriñanado a través de las tinieblas. Un ruido sospechoso hizo que enfocara hacia allá su mirada observando como sigilosamente escapaban entre las sombras dos jóvenes que alcanzó a reconocer: eran Millaray y el hijo del enemigo tomados de la mano. La machi quedó perpleja y decidió consultar con el pillán, o deidad de su devoción, cómo proceder en estas circunstancia.
-¿Debo o no avisar al padre de la niña?
-Sí, le contestó el pillán.
Inmediatamente corrió al toldo del cacique y delató la fuga de su hija. Al salir se sobresaltó de nuevo. ¡Oh desgracia! Por segunda vez escuchó el alarmante grito del Pun Triuque.
Painemilla muy enojado ordenó la persecución y captura de los muchachos. Al poco rato fueron apresados y traídos ante la presencia del cacique. Inmediatamente fueron juzgados y condenados a muerte.
De nada les sirvió explicarles que querían casarse respetando todos los rituales y costumbres de la tribu y que nada malo les hacían a los demás. El no participar del odio al enemigo era para ellos un gran delito.
Inmediatamente se dispusieron a ejecutar la sentencia y por tercera vez se escuchó el afligido y doliente grito del Pun Triuque. Ya nadie lo escuchó.
Ambos jóvenes fueron atados a un poste y con lanzas y machetes, entre gritos e insultos les dieron la más cruel de las muertes. Abandonaron los cuerpos ya inánimes colgando del palo y se retiraron a sus toldos.

A la mañana siguiente una sorprendente maravilla esperaba a los verdugos de esta inocente pareja de enamorados.
En el mismo lugar donde estaban los cuerpos de los jóvenes habían nacido unas hermosas flores nunca vistas hasta entonces. Parecidas a las margaritas, tenían largos pétalos anaranjados y se abrazaban al poste del sacrificio igual que una enredadera, como se abrazaban los enamorados.
-¡Quiñilhue, Quiñilhue! –gritaron admirados los primeros que las vieron.
Todos fueron a ver al prodigio y no salían de su asombro. Avergonzados y arrepentidos, los mapuches empezaron a venerar esa flor llamada mutisia por los blancos que desconocen su origen, y desde entonces le dicen Quiñilhue como los primeros que la vieron.
Las almas de los jóvenes amparadas por el Futa Chao (padre grande) en el país del cielo, se amarán por siempre, mientras esa delicada flor de pétalos dorados nos recuerda su martirio dado por hombres injustos.

Marcelino Castro García

 

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Leyenda Tehuelche - Cómo nacieron las flores

Hace mucho, muchísimo tiempo, las plantas aún no tenían flores. En ese entonces vivía en el sur una bella niña tehuelche, llamada Kospi, de suaves cabellos y dulces ojos negros.
Una tarde de tormenta, cuando el fulgor del relámpago iluminaba todos los rincones de la tierra, Karut (el trueno), la contempló asomada a la entrada del toldo de sus padres. La vio tan hermosa, que a pesar de que él era rústico, osco y bruto, se enamoró locamente de ella.
Ante el temor de que la linda niña lo rechazara, la raptó y huyó lejos, retumbando sobre el cielo, hasta desaparecer de la vista de los aterrados padres de la chica.
Al llegar a la alta y nevada cordillera, la escondió en el fondo de un glaciar. Encerrada allí, fue tanto el dolor y la pena que sintió que de a poco fue enfriándose hasta que se convirtió en un témpano de hielo, fundiéndose con el resto del glaciar.

Tiempo después, Karut quiso visitarla y al comprobar su desaparición, se enfureció terriblemente lanzando bramidos de desesperación. Tanto ruido rodó hasta el océano y atrajo muchas nubes que empezaron a llover y llover sobre el glaciar hasta derretirlo completamente. Así, Kospi se transformó en agua y corrió deprisa montaña abajo en torrente impetuoso. Luego se deslizó por los verdes valles y empapó la tierra.
Al llegar la primavera, su corazón sintió ansias de ver la luz, de sentir la cálida caricia del viento y de extasiarse contemplando el cielo estrellado por las noches. Trepó despacio por la raíz y tallo de las plantas y asomó su preciosa cabecita en las puntas de las ramas, bajo la forma de coloridos pétalos. Habían nacido las flores. Entonces todo fue más alegre y bello en el mundo. Por ese motivo es que los tehuelches llamaron ?Kospi? a los pétalos de las flores.

 

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Leyenda del origen de los lagos

_Yo los declaro marido y mujer _dijo Nguenechén, y Antú y Cuyén comenzaron su "luna de miel" por el ancho firmamento. Fue la primera luna de miel de todo el universo.
Dios, al que los mapuche llaman Nguenechén, había observado que el sol, Antú, y Cuyén, la luna, estaban enamorados, y dándose cuenta de que hacían una linda parejita, decidió casarlos. También les encomendó que le ayudaran en su antigua tarea de gobernar la tierra y sus habitantes.
Cuyén, de carácter suave y corazón dulce y tierno, atendería las necesidades de mujeres y niños. Y Antú se preocuparía por los hombres.
Todo iba bien al principio y ambos esposos recorrían juntos el cielo, prodigándose mucho afecto y cuidado.
Pero... como suele suceder en los matrimonios, con el paso del tiempo comenzaron a surgir inconvenientes y discusiones entre ellos.
Un día Cuyén se quejó a Antú porque ya no era tan cariñoso y solícito con ella y con los mapuches.
-¡Ten cuidado con los hombres! ¿No ves que vas a quemarlos?
Y efectivamente, cuando Antú andaba nervioso, se enojaba calentando con tanta fuerza que los manantiales se secaban y morían las plantas, animales y hasta los hombres.
Antú en vez de calmarse y ver si su esposa tenía algo de razón, se enfureció más todavía y le dio una bofetada en la cara a Cuyén, tan fuerte que por poco la hace caer a la tierra.
-¡No te metas con mis asuntos, que yo sé muy bien lo que tengo que hacer! -y calentó más todavía, dejando a los mapuche bien tostaditos.
Tan fuerte fue la cachetada que le dio, que la bella carita de Cuyén quedó marcada con los toscos dedos de Antú.Fíjate sino en una noche de luna llena y lo verás.
¡Pobre Cuyén! Avergonzada y dolorida se alejó del iracundo Antú y emprendió sola su recorrido por el firmamento tratando de no mostrar las cicatrices de su rostro. Así es como solamente salía a hacer su tarea cuando Antú se acostaba.
Pero aún triste y solitaria siguió cuidando de los mapuche con sus tenues rayos para alumbrarlos en la noche oscura. Recorría los cerros y valles acariciando tiernamente los dorados pétalos del amancay y la mutisia, y las altas copas de los árboles del bosque.
Así, noche tras noche hasta que la aurora anunciaba la llegada de Antú y ella se escondía.

Algunas veces, al ver los primeros rayos del sol sentía nostalgia de la compañía y caricias de su esposo y acunaba en su corazón el deseo de la reconciliación.
Mientras tanto, ¿qué sucedió con Antú? Después que se la pasó el enojo, se arrepintió de lo que había hecho, pero su orgullo no le permitió acercarse a su esposa y pedirle perdón. Así siguieron por muchos siglos: Antú salía a recorrer el cielo de día, y Cuyén de noche.
Un espléndido día de primavera, cuando los rayos de Antú comenzaron a calentar la tierra y hacían abrirse las flores, fijó su mirada en una grácil doncella pehuenche de hermosura sin igual y quedó hechizado por sus encantos. La raptó y se la llevó al firmamento para hacerla su compañera.
Le puso por nombre "Collipal" (astro dorado). "Lucero" la llaman los blancos.
Desde entonces se los ve juntitos a la madrugada y al atardecer de los días despejados.
Así pasaron varios siglos más hasta que una fresca tarde de otoño, cuando los bosques cordilleranos se tiñen de rojo, Cuyén se decidió a intentar la reconciliación. Antes que Antú se ocultara en su alcoba asomó su cara de luna llena por el horizonte adornada con los rayos más suaves y cariñosos que pudo.
Una terrible desilución le aguardaba. Allá en el otro extremo del firmamento vio claramente a Antú y a Collipal besándose enamorados sobre las nubes rosadas.
Una honda tristeza se apoderó de Cuyén y la amargura y el dolor hicieron que sus ojos se llenaran de lágrimas. No pudo contener el llanto y lloró, lloró y lloró...
Las lágrimas de largas noches de sufrimiento solitario fueron cayendo sobre la mapu (tierra) y formaron los lagos y ríos del sur.
Aún sigue llorando inconsolable y nuestros cristalinos lagos y ríos cordilleranos tienen la pureza clara y profunda de la "Ñuque Cuyén" (madre luna).


Marcelino Castro García

 

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Leyenda del Cerro Tronador

El misionero jesuita P. Mascardi, según las crónicas, ya en el año 1670, recogió entre los indígenas la siguiente leyenda:
Linco Nahuel, que quiere decir "Tigre de Ejército", era un cacique muy valeroso y tan celosos de sus dominios que no permitía a nadie acercarse a ellos. Para su vigilancia mantenía centinelas en todas las alturas. Hubo un día en que llegó hasta el pie del cerro una tribu de hombres enanos. Venían armados. Con flechas enherboladas lograron vencer y tomar prisioneros a Linco Nahuel y gran número de su gente. Los empujaron hacia la cumbre y comenzaron a arrojarlos uno a uno al abismo del cráter. El soberbio cacique Linco Nahuel, fue obligado a contemplar desde la cúspide el doloroso espectáculo de ver cómo los enemigos, a pesar de ser tan pequeños, despeñaban a sus queridos súbditos.
Ante este hecho insólito se estremeció el Pillán, o espíritu dueño del cerro que tiene su morada en el interior del mismo, quien profundamente disgustado por la violación de sus dominios, envolvió en nieve a todos los combatientes, araucanos e intrusos, y los precipitó rodando valle abajo.
Solamente respetó a los dos caciques contrincantes a quienes transformó en dos riscos que se ven ubicados frente a frente en el filo del cerro. El propósito que perseguía era el de que escucharan el fragro incesante que producían los precipitados en la profundidad del volcán.

 

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Leyenda del Volcán Domuyo

La niña del peine de oro - El tronco de oro
En la cima del Domuyo viviá una hermosísima joven encantada, custodiada por un toro colorado y por un caballo de lustroso pelo negro. Nadie podía llegar hasta ella pues el bravísimo toro escarbaba con sus poderosas patas arrojando enormes piedras monte abajo, y el potro salvaje resoplaba desatando tormentas de viento y nieve, truenos y rayos.
Más arriba había un tronco enorme de oro purísimo y reluciente, guardado por espíritus celosos y vengativos.
Sucedió que un valiente cacique, ansioso por conocer personalmente lo que había escuchado, comenzó a escalar las sagradas laderas del Domuyo. Durante la ascención comenzaron a caer piedras por la pediente, que rodaban hasta el abismo. De repente vio con sus propios ojos al negro potro salvaje pasar a su lado dadno furiosos resoplidos y desatando un remolino de nubes negras y una tremenda tormenta. El caballo negro pasó varias veces a su lado envuelto en torbellinos de nieve.
Ante tan gran peligro rezó a Futa Chau (Dios) para que le diera coraje y lo ayudara. Dios escuchó su ruego, y de pronto cesó el viento y la nieve. Siguió entonces subiendo con sumo cuidado, pues el blanco manto de nieve había tapado las huellas.
Finalmente llegó a una explanada donde descubrió una laguna cuyas aguas relucientes exhalaban un suve perfume; sus orillas estaban adornadas con totoras de oro, y vio, asombrado, a la joven de la leyenda de hermosura celestial que peinaba sus cabellos con un peine de oro. El cacique quedó hechizado al contemplar sus ojos negros, sus rojos labios, su elegante talle y sus pequeñas y graciosas manos. Quiso acercarse para preguntarle por qué estaba allí y saber su historia, pero de entre las totoras salió un toro colorado dando un bramido que estremeció la montaña, sacudiendo furioso la cabeza y la cola como para embestirlo. Huyó el cacique rápidamente subiendo más arriba, logrando escapar del furor del toro.
Llegó finalmente a la cumbre, donde con inmensa alegría encontró un gran tronco de oro, tan brillante a la luz del sol, que no podía mirarlo de frente. Lo tocó tembloroso e intentó con su cuchillo romperle un pedazo para llevarlo consigo.
Vano fue su intento: era macizo y durísimo. Escarbó, entonces, con su cuchillo junto al tronco y pudo sacar algunos pedazos que guardó entre sus ropas, emprendiendo el regreso. Ya empezaba a oscurecer y corrió pendiente abajo para que no lo sorprendiera la oscuridad en plena montaña.
De pronto sintió que le arrojaban piedras desde atrás y escuchó gritos y maldiciones. Una piedra le dio en la espalda y le hizo caer al suelo. Pensó entonces que quizás sucedía esto por los troncos de oro que llevaba y los tiró lejos de sí con gran pena. Inmediatamente cesaron las piedras y los gritos.
Corrió entonces desesperadamente pendiente abajo, llegando exhausto al pie del cerro, donde se tiró a descansar y se durmió. En sueños vio a un anciano que severamente le amonestaba:
- Has sido muy temerario y dale gracias a Dios porque aún estás vivo. Pero para que no enseñes a otros el camino y corran peligro de muerte, despertarás en otro lugar.
Sintió que lo llevaban por el aire y cuando despertó, se halló en un lugar desconocido totalmente y no pudo encontrar sus huellas por ninguna parte.
Volvió a su tribu por otro camino contando lo que había sucedido. Poco tiempo después murió a consecuencia de las pedradas recibidas, aconsejando a todos que no intentaran nunca subir a la encantada cima del Domuyo.

DOMUYO: Este cerro es un volcán apagado, que se hala en la Cordillera del Viento en el norte de la provincia de Neuquén. Tiene 4.709 metros de altura sobre el nivel del mar, y es la mayor altura del sur argentino.

Marcelino Castro García

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Leyenda del Lago Lácar

Las tradiciones orales entre los indígenas neuquinos son ricas en leyendas que explican la formación de accidentes geográficos.
Según una de estas leyendas, transmitidas por los antepasados, los lagos Lácar y Lolog, se formaron de la siguiente manera: hubo una rebelión en el Huenu Mapu (país del cielo).
Dos ángeles malos desobedecieron as Nguenechén (Dios), pero fueron derrotados y precipitados a la tierra.
Tal fue el impacto al caer, que produjeron dos enormes huecos que luego se llenaron con el agua de lluvia formando lagos.
Según otra leyenda autóctona Lácar significa "ciudad muerta", y la destrucción de esta antigua ciudad sucedió como sigue:
Vivía en esos lugares, ya hace muchísimo tiempo una tribu, cuyo cacique era de muy malos instintos. No respetaba las tradiciones recibidas de sus mayores y, cruel y sanguinario, hacía lancear al que le desobedecía en lo más mínimo. Muchos indios de su tribu siguieron sus malos ejemplos y la violencia, las discordias y las malas costumbres se esparcieron por todo el pueblo.
Nguenechén decidió borrar de la tierra tanta perversidad. Mandó a su propio hijo disfrazado de mendigo a pedir ayuda al cacique. Éste, en vez de darle lo que pedía, se enojó porque un extranjero anduviera mendigando en sus dominios, e inmediatamente ordenó que lo empalaran, es decir, que lo ensartaran en un palo afilado para matarlo.
Pero ante el asombro de sus verdugos, cuando iban a ejecutar la atroz sentencia, el hijo de Dios se convirtió en arroyo, y rápidamente se alejó a través de la ciudad. Estaban aún con la boca abierta ante ese milagro, cuando escucharon una fuerte voz que gritó desde lo alto: "Tus maldades serán tu propio castigo".
En lugar de arrepentirse ante esos acontecimientos, el cacique se enfureció más aún, pero al llegar a su ruca encontró a su propio hijo muerto.
Enteradas de todo esto las machis, convocaron a Nguillatún, o Camaruco, para pedir perdón a Nguenechén y que cesara la inundación, pues una copiosa lluvia se abatió sobre la ciudad desde la desaparición del mendigo y a inundar todo el valle. El cacique, que no era creyente, no sólo se mofó de las ceremonias religiosas, sino que hizo matar a los purrufes (bailarines). También destruyó el rehue (altar), cortando las ramas de canelo, árbol sagrado que preside las ceremonias, y para demostrar más su insolencia, bajó la bandera blanca, con la que se pedía que cesara la lluvia e hizo la negra; que es para pedir que llueva.
Y así fue como el continuo diluvio hizo crecer el pequeño arroyuelo hasta convertirlo en un gran río y sus aguas arrasaron la ciudad, quedando las casas, animales y personas sepultadas bajo el lago que en ese lugar se formó.
El insensato cacique fue condenado a navegar, montado en un tronco, sobre las aguas del lago por toda la eternidad. Aún hoy sigue tan despiadado como entonces y durante las tormentas que suelen producirse en el lago, destruye cuanto encuentra a su paso: peces, animales o personas. Por eso cuando las olas se encrespan y los vientos braman en sus costas, todos tienen miedo y se alejan.

Marcelino Castro García

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Leyenda de los ríos Neuquén, Limay y Negro

Neuquén y Limay eran hijos de dos caciques que tenían sus toldos, uno al norte y el otro al sur. Un día escucharon una dulce canción que provenía de la orilla del lago. Hacia allí se dirigieron y sus ojos se dilataron al descubrir una linda joven mapuche de largas trenzas negras.
-¿Cómo te llamas? -inquirió Limay
-Me llamo Raihué -contestó ella bajando sus negros ojos.
Ambos muchachos se enamoraron de la hermosa joven y ya en el camino de regreso sintieron que los celos rompían su antigua amistad.
Cuando su distanciamiento se fue acentuando con el pasar de las lunas, preocupados sus padres consultaron a una machi, quien les explicó la causa de la enemistad de sus hijos. De común acuerdo propusieron a los jóvenes una prueba.
-¿Qué es lo que más te gustaría tener?-Preguntaron a Raihué (flor nueva)
-Una caracola para escuchar en ella el rumor del mar -contestó.
-El primero que llegue hasta el mar y regrese con el pedido, tendrá como premio el amor de Raihué -sentenciaron unánimemente los padres.
Consultados los dioses, convirtieron a los dos jóvenes en ríos y empezaron el largo camino hacia el océano.
Pero el espíritu del viento, envidioso por no haber sido tomado en cuenta, comenzó a susurrar al oído de la joven enamorada:
-¡Neuquén y Limay jamás volverán! Las estrellas que caen al mar se convierten en hermosas mujeres que seducen a los hombres aprisionándolos en el fondo del mar. ¡Nunca los volverás a ver! El corazón de Raihué se fue marchitando de angustia y dolor con estos pensamientos, al ver pasar el tiempo sin que sus amados regresaran.
Se dirigió entonces a la orilla del lago donde había conocido el amor y extendiendo sus brazos ofreció su vida a Nguenechén (Dios), a cambio de la salvación de los jóvenes. Dios escuchó su oración y la convirtió en un frondoso árbol cuyas raíces fueron penetrando en la húmeda tierra y elevando su frondosa copa hacia el cielo.
El envidioso viento voló a contarles lo acaecido a los jóvenes, que salvando mil obstáculos, corrían hacia el mar. Sopló con tanta fuerza que desvió el curso de los ríos hasta juntarlos para darles la noticia y gozar con su dolor.
Cuando comprendieron que Raihué había muerto de amor por su causa, depusieron todo su resentimiento anterior y se abrazaron estrechamente vistiéndose de luto por su amada. Así, unidas sus aguas para no separarse más, siguieron su camino hacia el mar, dando origen al río Negro.

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Leyenda del Pehuén o Araucaria


Desde siempre Nguenechén hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban eses tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos.
Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos.
Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriendo especialmente niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías. Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre.
Pero Nguenechén no los abandonó... Y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado, se encontró con un anciano de larga barba blanca.
- ¿Qué buscas, hijo? -le preguntó
- Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Por desgracia no he encontrado nada.
- Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles?
- Los frutos del árbol sagrado son venenosos, abuelo -contestó el joven.
- Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno.
Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así:
- Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado, que sólo a él pertenece.
Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta.
Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra y se mantenían frescos durante mucho tiempo.
Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, bebida fermentada.
Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol:"A ti de debemos nuestra vida, y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados".

Araucaria
Es el árbol típico de Neuquén. Su hábitat se extiende desde Copahue hasta el lago Huechulafquen.
Puede alcanzar hasta 40 metros de altura y tiene forma de pirámide cuando es joven, y más tarde de una enorme sombrilla. Es de crecimiento muy lento. Sus ramas son un poco arqueadas hacia arriba con hojas duras y punzantes. Su floración es unisexual: unos árboles producen el polen y otros dan la piña que es fecundada por el polen llevado por el viento. Una vez madura, cada piña tiene entre 200 y 300 piñones y cada árbol puede madurar unas 30 piñas.
Estos piñones son muy nutritivos y eran el alimento básico de los indígenas pehuenches que los consumían cocidos o tostados. Con ellos fabricaban también bebidas fermentadas. Utilizaban también la resina que segrega la corteza del árbol como medicina cicatrizante.
Lo consideraban árbol sagrado y algunas de sus ramas formaban el rehue (altar), en su Nguillatún (rogativa al Dios)

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Leyenda del Volcán Lanín

Hace muchos años, vivía en la cumbre del Lanín, Pillán, el Dios del mal, aunque justo y defensor de la naturaleza.
Un día, mocetones de la tribu de Huanquimil, persiguiendo huemules, de cuya carne se alimentaban, y se abrigaban con su piel, llegaron, sin darse cuenta, (porque sabían que ahí estaba vigilando Pillán), a una gran altura. Entonces Pillán, como dueño de la montaña, desencadenó una tormenta y el volcán empezó a arrojar lava, humo, llamas ardientes y cenizas que provocaron el terror de la población.
Consultado el brujo de la tribu, sin cuya opinión los indígenas no resolvían nada, la respuesta vino después de algunos días en el hueco de una montaña. Para aplacar las iras de Pillán era necesario sacrificar a Huilefún, la hija menor del cacique, bella y entrañablemente querida por la tribu, y arrojar sus restos en la hoguera del volcán. El cacique no tuvo más remedio que aceptar el terrible fallo. El portador de la princesa sería el muchacho más joven y más valiente de la tribu, Quechuán, a quien el brujo dio las explicaciones del caso.
Al cumplir con aquel mandato, Quechuán cargó a la muchacha en sus hombros y la llevó hasta el lugar de la montaña donde con más fuerza soplaban los vientos de Pillán, sin una sola queja de la princesa cuando fue abandonada en aquella soledad. Inmediatamente vio acercarse en vuelo magestuoso, un cóndor cuyos ojos refulgían con llamaradas de fuego. Tomó a la joven con sus garras y elevándose con ella la arrojó al mismo cráter huracanado y frío del sur.
Densos nubarrones ocultaron el cielo y una espesa nevada cubrió la hoguera. El holocausto de Huilefún pareció calmar para siempre las iras de Pillán. Desde entonces el Lanín es un volcán apagado, con sus fuegos sin duda ocultos debajo de la cúpula blanca, tal vez como la ven sorprendidos los viajeros que van en busca de emociones y se encuentran bruscamente con su impresionante panorama.
Pillán mismo, a pesar de ser la divinidad del mal, quiso castigar así a los cazadores de la tribu abajeña que en su locura por matar y ciegos de ira por la vivacidad de su organismo invadieron los dominios donde estaba prohibida la caza del huemul.

José Liberman

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Leyenda del Lago Lolog

Hace muchísimo tiempo, donde hoy se halla el lago Lolog, había un lago pequeño rodeado por menucos y pantanos. Lo llamaban: "Paila-Có" (agua tranquila), por la serenidad que siempre reinaba en él. Cerca vivía una familia mapuche. Tenían una hermosa hija que acostumbraba peinarse en la orilla del laguito cada día.
Sucedió que una fresca mañana de otoño, escuchó una voz que desde el lago la llamaba.
- Soy joven y estoy solo en mis dominios. Si vienes conmigo serás una reina rica y feliz.
La niña, hechizada, decidió seguir al joven de relucientes vestiduras y vos cautivante, sin escuchar los gritos y ruegos de sus padres que la llamaban para que no los abandonara.
Había pasado un año, cuando un día apareció la niña en la ruca de sus queridos padres, ataviada con ricos vestidos y joyas de oro y plata.
-¡No estéis tristes! -les dijo- yo soy feliz y cada año vendré a verlos, pues lo único que me falta es el cariño de ustedes. Ahora tengo que irme...
El padre, desesperado, agarró fuertemente a su hija para impedir su partida diciéndole:
-¡No te dejaré ir sin nosotros! Eres nuestra hija...
De repente se escuchó un fuerte temblor y un viento huracanado se llevó a la muchacha. Al mismo tiempo la ruca se fue hundiendo en el menuco junto a los angustiados padres, y el lago se fue agrandando hasta llegar a lo que es hoy el lago Lolog. Allí, en el fondo, están hoy viviendo felices con si hija de larga cabellera y el joven rey.
Cuentan los pobladores más antiguos, que en algunos días muy calmos se puede observar a través de las profundas aguas transparentes, la vieja ruca y sus felices moradores, y que si alguna vez, añorando su perdida tierra verde, suben a la superficie para recordar, el lago se estremece y se desencadenan tormentas que sacuden las tranquila aguas del lago y nadie se atreve a acercarse a él, y menos a navegar sus aguas.

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